El Centro Etnográfico de Urueña: un viaje a lo tradicional

El pueblo de Urueña es un oasis en medio de una desértica llanura vallisoletana. Solo hay que subirse a sus murallas que antaño defendían la ciudad para ver que se yergue suntuosa en mitad de la nada.

En sus calles, pocos restos subsisten de su boom literario bajo el eslogan comercial de la “Villa del Libro“. Atrás queda ese viejo sueño de hacer de Urueña una Carcasona en miniatura a pocos kilómetros de Valladolid.

Sin embargo, en uno de los rincones del pueblo vallisoletano, se emite un ruido de resistencia frente al silencio cultural que inunda Urueña. Es la Fundación Joaquín Díaz que, con su irrintzi particular, avisa a través de su Centro Etnográfico a toda la comarca de que todavía se puede luchar por un pueblo que rezuma cultura y tradición por todos sus costados.

 

El Centro Etnográfico de la Fundación Joaquín Díaz: la luz en medio de una oscuridad cultural

Entrar en el Centro Etnográfico de la Fundación Joaquín Díaz es sinónimo de sorprenderse, de entrenar esa capacidad de asombro que es la bendita fuente del conocimiento. Extraños artilugios de labranza y pequeñas campanas dan la bienvenida al curioso visitante que decide iniciarse en los secretos que el museo pone a su disposición.

Después, tras cruzar el hall que da detalles de lo que se puede encontrar en el Centro Etnográfico, ya no hay marcha atrás. La exposición de pianos y gramófonos traídos de todas partes del mundo son un entrante de un menú que está todavía por servir, y que pronostican un buen banquete.

¡Y qué banquete! Tras subir a la planta superior, cientos de pliegos de cordel, de esos que los ciegos iban cantando y vendiendo de pueblo en pueblo, saludan al pasar. No hay hueco en la pared, como si de un “horror vacui” de ensueño se tratase, del que no cuelgue un corcho con romances, grabados de ciegos cantando o fotografías en blanco y negro de estos personajes ante un público que escuchaba atónito las historias que relataban.

Horrendos crímenes, milagros y prodigios que rozan lo imposible, aventuras de bandoleros idealizados o preciosas aleluyas son algunos ejemplos de lo que recogen estos pliegos de cordel, representantes de que lo popular no tenía nada que envidiar a lo letrado.

Finalmente, se llega a una sala plagada de instrumentos tradicionales. Zanfoñas medievales,  castañuelas, flautas, tambores, instrumentos autóctonos de la zona… Parece como si en cualquier momento se arrancaran a sonar al unísono en una especie de colofón final de la visita.  Una visita que todo antropólogo o amante de las tradiciones populares, estudioso o forofo, debe hacer cual Meca para los musulmanes.

 

Texto y fotos: Álvaro Anula Pulido

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