Sobre el sentido antropológico de la fiesta, el champagne y los senos de Madame de Pompadour.

por Víctor M. Fernández (Labajo); fotos de JuanMa de Soto.

Hace unos días, por mi profesión, tuve que acudir a defender a un cliente ante la inspección de Hacienda. Por deseo de mi cliente acudí asistido de uno de esos abogados estrella que ha conseguido todo (sic) en la vida, ha disfrutado de todos los placeres, se puede permitir el lujo de trabajar tan sólo un día a la semana (sic) y que, a juzgar por su conversación, está en un grado de hastío de la vida que sólo llena momentáneamente acudiendo a los restaurantes más selectos. Fuera de la Delegación de Hacienda, hablando con él, uno no sabe bien si darle la enhorabuena o compadecerle.

Esta anécdota me sirvió para recordar uno de los capítulos del excelente libro de Ricardo Yepes Stork (1953-1996), antropólogo y doctor en Filosofía, “Fundamentos de antropología: un ideal de la excelencia humana”, cuyo capítulo 15.10 está dedicado al sentido humano de “la fiesta”. Y es que sostiene, en síntesis, que este aspecto de la vida humana, el festivo, sólo se puede comprender en un contexto de vida ordinaria, sin actividades especialmente brillantes pero que, en su cotidianidad, conforman nuestra existencia: trabajamos seis días –bien, actualmente cinco–  para el séptimo descansar; cumplimos jornadas de ocho horas para, el resto, dedicarlas al ocio y descanso; laboramos once meses para, el que resta, tomar vacaciones. Son los ciclos en que está inmerso el ser humano los que permiten poner el contrapunto en los momentos de descanso, de alegría, de celebración.

Allan Kardec (1864-1869), codificador de la doctrina espírita que, por cierto, estuvo a punto de formar parte de los planes de estudio en la España de la I República, siendo presidente del Congreso de los Diputados D. Emilio Castelar, comenta en su Libro de los Espíritus que la riqueza es una de las pruebas más duras –mayor aún que la de la pobreza– para el ser humano. Esta afirmación, que nos cuesta entender, nos hace volver a nuestro tema: la fiesta como contrapunto extraordinario de una vida cotidiana.

Y, ¿qué mejor forma de celebrar que con una copa de champagne? Hablamos de fiesta, pues, así que me van a permitir narrarles una anécdota simpática. Hace varios años hicimos una ruta por Francia en sentido diagonal, desde la región de la Champagne hasta el Périgueux con la secreta intención de avistar algún OVNI al pasar por la céntrica región volcánica del Auvergne, famosa por tales fenómenos. OVNIs no avistamos ninguno pero en una feria de un pueblecito cercano conseguimos unas maravillosas copas de champagne en vidrio labrado a un precio muy asequible. Comentándolo con Henri-Pierre Rodríguez, profesor y consultor de una escuela de negocios de París, y de cuya amistad nos honramos, se sorprendió mucho cuando las denominamos “copas pompadour”.

Y es que, en nuestro país, corre la leyenda de que Luis XV hizo moldear estas copas tomando como molde los senos de su cortesana favorita, Madame de Pompadour. Pues bien, históricamente tal mito, al parecer, no es verídico. Asevera Mr. Henri-Pierre que este tipo de copas no aparecieron hasta el siglo XIX y en bares de, por cierto, no muy buen tono, en medio de la algarabía propia de la época y ambientes de Toulousse-Lautrec. Los documentos, pinturas y ajuar del Palacio de Versalles y similares muestran que se usaba copas “normales” para beber el champagne –como nuestras copas actuales de vino blanco–. Sí es cierto que Madame de Pompadour impulsó el consumo de champagne en la Corte afirmando que “es el único néctar que deja a las damas bellas después de haberlo tomado…”.

No me pregunten quién fue el ingenioso que, en nuestro país, llamó a las copas planas así, “copas pompadour”. Imagino que sería el mismo que se le ocurrió organizar en las bodas kitsch esas fuentes en cascada de champagne, colocadas las copas unas encima de otras en forma de pirámide, mientras suena el himno de la Guerra de las Galaxias. Dios nos libre del mal gusto.

En todo caso, ahora nos damos de buen tono y no usamos las copas chatas para degustar el champagne, el cava o los espumosos –las denominaciones de origen nos obligan a medir las palabras que usamos–. Las copas de flauta las han sustituido, aunque luego sufrimos porque nunca caben en el lavavajillas por muchos malabares que hagamos.

Celebremos. Celebremos todo lo que podamos. Y descubramos el sentido profundo de la fiesta aunque, para ello, quizá, debamos antes redescubrir el sentido profundo y humano del trabajo… pero ese será tema de otro artículo. ¡Salud!

Un comentario

  1. Me ha parecido estupenda, esa leyenda de las copas de mandame de Pompadour,,, que yo desconocía,,,, he aprendido una cosa nueva,, muchas gracias……
    Sigue así que vas fenomenal,,,, te estas superando con tus artículos y a la vez siempre aprendemos algo…….

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