En pleno corazón de Madrid, a un paso de la Plaza de Oriente, se alza el Real Monasterio de la Encarnación, fundado en 1611 por la reina Margarita de Austria, esposa de Felipe III. Mi visita comenzó en su imponente fachada de granito, sobria y equilibrada, un ejemplo perfecto del clasicismo herreriano. Dentro, la penumbra y el olor a cera derretida parecen frenar el tiempo. El claustro, silencioso, acoge siglos de oraciones y secretos que apenas se filtran al exterior. El objetivo era doble: crear un lugar de retiro y oración vinculado a la Corte, y servir como panteón real para la propia reina (que, sin embargo, falleció joven y fue enterrada en El Escorial).

La construcción se encargó a dos figuras clave del Madrid del Siglo de Oro: Juan Gómez de Mora, arquitecto de la Plaza Mayor, y Fray Alberto de la Madre de Dios, especialista en arquitectura religiosa. El resultado fue un edificio con fachada sobria en granito, que reflejaba el espíritu de recogimiento de la orden.
El monasterio fue habitado desde sus inicios por religiosas de clausura, con una vida dedicada a la oración y el trabajo manual. Una figura central en su fundación fue la mística Mariana de San José (1568-1638), reformadora de la rama agustina recoleta femenina. Mujer de gran inteligencia y ascendencia espiritual, mantuvo una estrecha relación con Felipe III y su esposa, guiándoles en asuntos religiosos y sirviendo como modelo de virtud en la Corte.

La madre Mariana de san José, fundadora de las Agustinas Recoletas y de varios monasterios, fue una gran escritora, notable mística, y destacada maestra espiritual. A lo largo de las 38 páginas de este Cuaderno de la Encarnación titulado La madre Mariana de san José (1568-1638) y las monjas Agustinas Recoletas hoy, su autor, Javier Onrubia Rebuelta, nos relata los hechos más notables de su vida, desde su nacimiento y muerte; el inicio del proceso de canonización (1993); hasta la publicación de sus obras completas (2014).
El Siglo de Oro español no solo fue una época de esplendor literario y artístico, sino también de intensa mística y santidad. El carisma agustino recoleto no permaneció ajeno a este impulso espiritual. Un claro ejemplo es la venerable Mariana de San José, natural de Salamanca, reformadora de las agustinas de clausura y fundadora de seis monasterios de agustinas recoletas.
Sus escritos revelan una espiritualidad mística de gran hondura, fruto de una vida de oración, disciplina y visión reformadora. Por la fuerza de su pensamiento, su profunda vida interior y su incansable empeño en propagar la reforma agustiniana, bien podría ser recordada como “la otra Teresa de Jesús”.
Mariana de San José fue, sin duda, una gran asceta. Su anhelo constante de perfección la llevó a mortificar sus apetitos y a elegir una vida de austera disciplina: largas horas de oración, rigor en la comida y en el descanso, y frecuentes prácticas de penitencia.
Dios le concedió dones y gracias místicas extraordinarias: comunicaciones internas, cambio de corazón, experiencias inefables y el llamado matrimonio espiritual. De todos ellos dejó testimonio en sus escritos, que enumeramos a continuación, advirtiendo que los títulos entrecomillados no proceden de su propia pluma. Entre sus obras destacan la “Autobiografía”, redactada por obediencia a su director espiritual; las “Cuentas de conciencia”; el “Comentario al Cantar de los Cantares”; los “Ejercicios espirituales y repartimiento de todas las horas”; los “Consejos y máximas”; el “Testamento” y las “Jaculatorias”; así como “Coplas” y “Oraciones”. A este corpus hay que añadir más de doscientas cartas conservadas, testimonio vivo de su pensamiento, su espiritualidad y su intensa labor reformadora.

Apenas fallecida la madre Mariana de San José, su sucesora en el priorato del Monasterio de la Encarnación solicitó a todas las monjas de los diversos conventos que habían convivido con ella, o al menos la habían tratado, que redactaran un informe sobre su vida y virtudes. El objetivo de esta recopilación era reunir material para escribir su biografía y, probablemente, para iniciar más adelante la Causa de Beatificación.
En poco más de un año se reunieron cuarenta testimonios procedentes de monjas de los monasterios fundados por la madre Mariana. Eran informes completos y de gran valor, redactados entre 1638 y 1639, es decir, casi inmediatamente después de su muerte, y firmados en algunos casos por religiosas que habían compartido más de veinte años de vida conventual con la Sierva de Dios.
Con este material, el licenciado Luis Muñoz publicó la Vida de la venerable madre Mariana de San José, obra en la que incluyó su autobiografía y la mayor parte de sus escritos, ofreciendo así un retrato cercano y minucioso de una de las figuras más notables del carisma agustino recoleto.

A finales del siglo XX, la comunidad del Monasterio comenzó a plantearse seriamente la introducción de la Causa de Beatificación de la madre Mariana de San José. En la década de 1980, una comisión de historiadores, nombrada por monseñor Enrique Tarancón, arzobispo de Madrid, inició la recopilación de los escritos de la Sierva de Dios.
Durante la instrucción del Proceso fueron interrogados 19 testigos pertenecientes a distintas ramas de la familia agustino-recoleta. Se recuperaron los textos conservados de la madre Mariana —algunos de los cuales ella misma había mandado destruir— junto con una abundante documentación relativa a su vida y a su familia. El resultado fueron 10 volúmenes con un total de 3.640 folios.
Durante más de una década, el padre Jesús Díez, continuó la investigación en decenas de archivos, localizando y reuniendo nuevos documentos. En 2007 se presentó a la Congregación para las Causas de los Santos la Positio, un dossier de más de 1.300 páginas que expone, con abundante material histórico, la vida y virtudes de la Sierva de Dios, junto con la transcripción de varios de sus escritos y documentos.
Ese mismo año, una comisión de expertos en historia de la Congregación evaluó el trabajo y lo aprobó por considerarlo exhaustivo y con suficientes elementos para estudiar las virtudes de la madre Mariana. Actualmente, se espera la aprobación de sus virtudes heroicas y la constatación de un milagro atribuido a su intercesión, pasos necesarios para proceder a su beatificación.
Otro de los hechos curiosos es que a lo largo de los siglos, el monasterio ha custodiado importantes reliquias y obras de arte. En sus dependencias se conservan además pinturas barrocas de gran calidad, relicarios de metales preciosos y bordados elaborados por las monjas, así como documentos históricos poco conocidos: desde cartas de la nobleza madrileña hasta registros de ofrendas enviadas desde América y Filipinas. Durante la invasión napoleónica, el monasterio sufrió expolio y parte de sus bienes fueron dispersados, pero la comunidad logró recuperar muchas piezas con el paso de los años.

Una de las reliquias más famosas es la ampolla con la sangre de San Pantaleón, médico y mártir del siglo IV. Desde hace siglos, su contenido presenta un fenómeno extraordinario: el día 27 de julio, aniversario de su martirio, la sangre solidificada se licúa de manera inexplicable, atrayendo a fieles y curiosos. Un fenómeno que se repite desde hace siglos y que ha despertado fascinación y escepticismo a partes iguales. La licuefacción de la sangre de San Pantaleón pasa de un estado sólido a uno líquido, ha sido observada durante siglos con asombro y devoción.

Más allá del ámbito religioso, existe una posible explicación física para este fenómeno: la tixotropía. Es una propiedad que presentan ciertos materiales o suspensiones coloidales: en reposo se comportan como sólidos o geles, pero al ser agitados, calentados ligeramente o sometidos a vibraciones, sus partículas internas se reorganizan y el material pasa temporalmente a un estado líquido o fluido.
En términos simples:
- En reposo, las partículas están unidas formando una estructura interna rígida que le da apariencia sólida.
- Al recibir energía (por movimiento, temperatura o incluso cambios de presión), esa estructura se rompe y las partículas se dispersan en el fluido que las contiene.
- Una vez cesa el estímulo, el material puede volver a solidificarse con el tiempo.
Sustancias comunes con este comportamiento son algunas pinturas, arcillas, lodos o incluso la miel cristalizada. En el caso de reliquias como la sangre de San Pantaleón, el contenido del relicario podría estar compuesto por elementos orgánicos mezclados con compuestos minerales o grasos que, con el calor ambiental y el movimiento al manipular la ampolla, desencadenen la transición de sólido a líquido.





Este fenómeno no resta valor histórico ni cultural al prodigio, pero ofrece una perspectiva científica para comprender cómo algo que parece milagrosamente inmutable puede, bajo ciertas condiciones, transformarse ante nuestros ojos.
Pasear por las salas del monasterio es como abrir un libro antiguo cuyas páginas han sido escritas con pincel, aguja y cincel. En cada estancia se revelan tesoros que hablan de siglos de recogimiento y arte: cuadros de gran valor, algunos firmados por maestros del barroco, que representan escenas bíblicas y retratos de santos con una fuerza casi viva; encajes delicadísimos, tejidos pacientemente por las manos silenciosas de las monjas, en los que cada hilo parece contener una oración; y esculturas religiosas de madera y mármol, desgastadas por el tiempo y las miradas devotas.

Estar físicamente en esos espacios permite algo que ningún libro ni pantalla puede sustituir: la experiencia directa. Se perciben las proporciones reales, los olores, la luz, el sonido de un lugar, y eso nos conecta emocionalmente con el pasado. Es como tender un puente entre nuestro presente y las vidas que allí transcurrieron. Estos enclaves son también guardianes de la memoria colectiva. Al recorrerlos, comprendemos mejor los acontecimientos que allí sucedieron, el contexto en que se tomaron ciertas decisiones y cómo esas historias han influido en nuestra identidad actual.
