Hay lugares que una no llega sola. Galicia es uno de ellos. Yo he tenido la suerte –esa fortuna antigua que no se compra ni se pide– de contar con amigos gallegos mis queridos Amparo y Finito, que me han tomado de la mano y me han guiado por veredas que no aparecen en los mapas: fuentes donde el agua vibra, aldeas que aún hablan en susurros, montes que guardan más memoria que los libros y un océano que no perdona la mentira. Gracias a ellos he podido asomarme a esa Galicia mágica que solo los gallegos conocen, la que no se enseña, sino que se transmite; la que se revela despacio, como una confidencia entre almas que saben reconocerse. Y de esta fortuna conocí a Fernando Baena, integrante de la Asociación “Terra Grovii” que me llevo a un lugar mágico e inolvidable: al castro conocido como «Pedra Moura» o «O Crasto dos Mouros».

El Castro de Pedra Moura se alza en Soutolobre/ Lourido, que pertenece a Salvaterra de Miño que son dos de sus parroquias, donde domina el paisaje desde sus 198 metros de altitud. Desde este balcón natural se despliegan, serenas y luminosas, las vistas del Valle Miñor y de la costa de Nigrán y Baiona, un horizonte que parece querer recordar al visitante la antigua vocación vigilante de este enclave.

La singularidad de este yacimiento no radica únicamente en ser los vestigios de un castro —al fin y al cabo, se estima que en el noroeste peninsular existieron más de 3.500 asentamientos similares—. Lo extraordinario, lo que me detiene y me conmueve, es que este lugar se revela distinto, ajeno a los patrones habituales, como si guardara una lógica propia. Es un enclave que desborda lo esperado y despierta una fascinación inmediata, de esas que solo provocan los espacios que todavía no han dicho su última palabra.


El castro comenzó a ser excavado y puesto en valor a partir de 2008, revelando estructuras que permitieron identificar tramos de muralla y algunas de las antiguas viviendas que articulaban el poblado. El paisaje de granito y bosque tan característico de esta parte de Galicia alcanza aquí una belleza singular, casi primigenia.
En la zona inferior del recinto se encuentra la piedra que da nombre al castro: una imponente formación granítica de varios metros de altura, en cuya superficie se conservan podomorfos y una cazoleta con canal, testimonio de prácticas cuyo significado se nos escapa, pero cuya fuerza simbólica permanece intacta. A un lado aparece inscrita una cruz, probablemente medieval o incluso más reciente, pero sin duda ajena a la composición original, como una intervención tardía que intenta dialogar —o imponerse— sobre lo sagrado antiguo.

Me contó Fernando que tras los incendios de 2017, cuando el fuego desnudó la ladera y dejó al descubierto las enormes moles graníticas que permanecían ocultas bajo el manto vegetal, que parecía esperar ese momento para mostrarse. la bautizaron como “O Cuberto”. No es difícil imaginarla como una cabaña ancestral, un refugio pétreo que ha visto pasar siglos de viento, silencio y memoria.
Pero lo más desconcertante aguarda en su interior. Entre dos huecos de este Cuberto aparece una roca retraída hacia dentro, orientada hacia el cielo, como si reposara en un sueño profundo. Su forma —suavemente perfilada, casi humana— recuerda a una cabeza acostada, un rostro suspendido entre lo real y lo imaginado. Es imposible no sentir que uno está ante una presencia antigua, una suerte de guardián pétreo que la casualidad, el fuego o el destino han devuelto a la luz.

Los restos de antiguas viviendas aparecen por todas partes, integrándose de manera casi orgánica en el paisaje. Bajo los abrigos naturales que forman las rocas se conservan muros curvos que aprovechan la propia piedra como pared y, en ocasiones, incluso como cubierta, dando la impresión de que la arquitectura brotaba directamente del granito. Otras estructuras domésticas se sitúan en las zonas más bajas, hacia el oeste, donde pueden verse casas semienterradas, con buena parte de sus muros originales aún en pie y miles de fragmentos pétreos esparcidos alrededor, evidencia muda de lo que algún día fue un pequeño barrio castrexo.
En Penedos dos Mouros abundan también las piedras con coviñas, algunas incluso en las paredes de pequeñas cavidades, lo que sugiere una cronología anterior a la ocupación castrexa. Todo invita a pensar en un periodo de habitabilidad o ritualidad previo, quizá vinculado a comunidades que ya veían en estos penedos un lugar singular. A ello se suman posibles molinos naviculares, diversas cazoletas y una multitud de muescas sobre las rocas, asociadas probablemente a las construcciones domésticas y a las tareas cotidianas.





Y en medio de tanta piedra antigua, tanta huella remota y tanta pregunta sin respuesta, algo completamente inesperado me detuvo. Fue un hallazgo mínimo, casi íntimo, pero capaz de desarmar a cualquiera: un guardían muy especial, silencioso, pequeño y absolutamente vivo. No vigilaba murallas ni custodiaba secretos ancestrales; simplemente estaba allí, mirándonos con esa inocencia que solo poseen los auténticos dueños del territorio. Su presencia despertó en mí una ternura inmediata, casi desbordante, como si aquel pequeño ser —tan frágil como eterno— nos recordase que el castro no es solo un enclave arqueológico, sino un hogar compartido, un refugio donde lo antiguo y lo presente conviven con una naturalidad conmovedora.

En torno a este castro circulan varias leyendas, aunque no he encontrado referencias documentales sólidas; por ahora, su rastro se limita a aparecer en distintos blogs y publicaciones informales. Aun así, el imaginario local es generoso: se dice que las huellas grabadas en la roca pertenecen a un buey mítico; que bajo la gran peña se oculta un tesoro; que desde este lugar partía un túnel secreto hasta la plaza de armas del Castillo de Baiona; que una bella mujer rubia aparecía cada amanecer peinándose con un peine de oro sobre la peña, desvaneciéndose en cuanto notaba presencias ajenas; e incluso que una cobra encantada custodia los misterios que aún duermen bajo estas piedras.

Confieso que visitar castros se ha convertido para mí en una forma de felicidad profunda, casi antigua. Hay algo en estos lugares —en sus silencios, en sus grietas, en la tozudez con que permanecen— que me conmueve siempre. A veces tengo la sensación de que las piedras quieren contarnos algo, que guardan una historia que empuja desde dentro, deseando salir a la luz. Y nosotros, caminando entre sus muros vencidos, hacemos lo posible por entender ese mensaje que llega desde un tiempo remoto, un tiempo que aún late bajo nuestros pies.
Cada castro es un diálogo inacabado con quienes estuvieron antes: mujeres, hombres, niños, ancianos… vidas completas que dejaron aquí sus huellas sin saber que un día buscaríamos interpretarlas. Por eso, cada vez que abandono uno de estos lugares, lo hago con el corazón un poco más lleno. Porque sé que, en ese intento por escuchar lo que las piedras susurran, me acerco —aunque sea por un instante— a la verdadera historia de nuestros antepasados, a la raíz que sostiene todo lo que somos.
