La Maslenitsa no es una simple fiesta popular. Es un vestigio del mundo antiguo que sobrevivió a imperios, revoluciones y reformas ideológicas. Bajo la apariencia de blini (creps) dorados y bailes en la nieve, late un rito solar que anuncia el fin del invierno y el despertar de la tierra.

Sus raíces son claramente paganas. Antes de la cristianización de la Rus de Kiev, la semana de Maslenitsa marcaba la transición estacional y rendía homenaje al sol renaciente. Los blini —redondos, dorados, humeantes— no eran solo comida: eran símbolos solares comestibles, una forma doméstica de invocar la luz tras meses de oscuridad.

Con la adopción de la ortodoxia, la festividad no desapareció; se transformó. Como tantas otras tradiciones europeas, fue absorbida por el calendario cristiano y vinculada al período previo a la Cuaresma, convirtiéndose en la última semana de celebración antes del ayuno pascual. El viejo rito agrícola encontró acomodo en la nueva cosmovisión religiosa. Cambiaron los marcos teológicos, pero no la necesidad humana de celebrar el ciclo.
El siglo XX trajo otra mutación. Durante la etapa soviética, el poder político intentó despojar a las fiestas tradicionales de su dimensión religiosa. La Maslenitsa fue rebautizada como “Despedida del Invierno” y, en la década de 1960, se fijó en una fecha concreta —el primer domingo de marzo— desligándola del calendario pascual. Hasta entonces, en la Rusia posrevolucionaria, la celebración había quedado prácticamente suspendida.
Sin embargo, incluso bajo la mirada vigilante del ateísmo oficial, el rito sobrevivió. Se comprimió en un solo día lo que antes ocupaba una semana entera, pero el corazón simbólico permaneció intacto. Volvieron las ferias a las plazas, los samovares humeantes, las troikas deslizándose sobre la nieve, los cantos colectivos y, sobre todo, la quema de la efigie que representa al invierno. Ese fuego final, más allá de ideologías, sigue siendo un acto profundamente arcaico: destruir lo viejo para permitir el renacimiento.

Hoy, el último día de la semana de Maslenitsa —el domingo— continúa siendo la despedida ritual del invierno. En la tradición rusa se conocía como Provody, la “Despedida”. Aunque la costumbre soviética de concentrar la celebración en una sola jornada todavía persiste en muchos lugares, la estructura simbólica de la semana completa ha ido recuperándose tras la caída del régimen.
Incluso en los tiempos más remotos, el Domingo de Maslenitsa fue entendido como el clímax de toda la semana festiva: el momento exacto en el que el invierno es despedido y la primavera es formalmente invitada a entrar en el mundo de los vivos. No es un simple cierre de celebraciones, sino un umbral simbólico, un día situado entre lo que muere y lo que comienza.
Entre sus múltiples nombres, destaca uno de profunda carga espiritual: Domingo del Perdón. Al ser la jornada inmediatamente anterior al inicio de la Cuaresma, la tradición ortodoxa establece que las personas deben presentarse ante ese nuevo ciclo con el alma aligerada. Por ello, familiares, amigos y vecinos se piden perdón mutuamente por las ofensas cometidas, tanto conscientes como involuntarias.

Este gesto no es una fórmula vacía. El perdón, para que sea verdadero, debe nacer del corazón, acompañado de un compromiso silencioso: vigilar las propias palabras, moderar los actos, no reincidir en aquello que hirió. Es, en esencia, un ejercicio de responsabilidad moral.
Desde una perspectiva más amplia —y no necesariamente religiosa—, este día funciona también como un poderoso ritual de limpieza interior. Así como se quema la efigie del invierno para marcar el fin de una etapa, cada persona puede despedirse simbólicamente de las cargas emocionales acumuladas: resentimientos, culpas, decepciones, miedos.
Porque Maslenitsa no solo anuncia el regreso del sol. Anuncia, sobre todo, la posibilidad de empezar de nuevo. Y pocas ideas son más antiguas, más humanas y más necesarias que esa.
Los antiguos eslavos apreciaban mucho más la diversión que nosotros; después de todo, las festividades de Maslenitsa duraban una semana entera. Los habitantes de las ciudades modernas, siguiendo las tradiciones actualizadas, tienen que despedirse del invierno mucho más rápido. Pero las celebraciones son aún más intensas. En este día de despedida del invierno, los habitantes de prácticamente todas las ciudades, pueblos y aldeas de nuestro vasto país celebran y se alegran con notable unanimidad, despidiendo el frío y dando la bienvenida al ansiado calor. Al igual que en la Rus, todos, jóvenes y mayores, participan en las festividades populares.

Al igual que hace 150 años, en la plaza central de la ciudad, se servirá té aromático en un samovar y blinis con todo tipo de rellenos. Los niños jugarán con bolas de nieve, mientras que los adultos se pelearán a puñetazos o treparán a un poste de madera para recuperar sus botas, antes de bailar alegremente en círculo. El ambiente relajado de estas celebraciones es fácil de explicar. Los inviernos en Rusia son largos y fríos, y la memoria de los antepasados nos dice: cuanto más alegremente se saluda a la primavera, más pronto llega.
La quema de la efigie
La culminación de las festividades de Maslenitsa es la quema de la efigie del invierno, una despedida simbólica del frío, así como de todas las cosas viejas y desagradables que sucedieron en la vida durante el año anterior. Al anochecer, la efigie se lleva a la plaza del pueblo; se decora previamente, a veces incluso se pinta la cara. Luego se quema en el centro de la plaza entre los vítores de aprobación de la multitud. La seguridad es primordial, por lo que solo se puede observar la hoguera desde una distancia respetuosa.





En este día, además de lo anterior, también era costumbre en Rus ir a la banya (sauna), para recibir la primavera en estado puro y a los cementerios, para brindar respeto a las almas de los familiares difuntos.
Las tradiciones de Maslenitsa no nacieron ayer: vienen de un tiempo en que el invierno parecía eterno y el ser humano necesitaba encender fuego no solo en el hogar, sino en el corazón. Desde entonces —y contra todo pronóstico histórico— la fiesta ha resistido invasiones, reformas religiosas, prohibiciones y modas pasajeras.
Ayer y hoy, Maslenitsa se celebra con ruido, con risas, con música que despierta la tierra aún helada, con juegos que sacuden el letargo del frío… y, por supuesto, con montañas de blinis dorados, redondos como pequeños soles comestibles que anuncian que la luz regresa.

No es solo una semana de fiesta: es un rito colectivo de despedida y esperanza. Se quema el invierno para que renazca la primavera. Se come para celebrar la abundancia que vendrá. Se abraza para recordar que nadie atraviesa el frío solo.
Que tantas de sus costumbres hayan sobrevivido hasta hoy no es casualidad. Es la prueba de que algunas tradiciones no se sostienen por nostalgia, sino por necesidad profunda.
Por eso Maslenitsa no es simplemente alegre. Es una explosión de vida en medio del hielo. Y pocas cosas son más humanas que eso.
Desde una mirada antropológica, la Maslenitsa demuestra algo esencial: las tradiciones pueden cambiar de nombre, de calendario o de justificación ideológica, pero si responden a una necesidad profunda —marcar el tiempo, cohesionar a la comunidad, domesticar el miedo al invierno— no desaparecen. Se adaptan.
Y eso, en el fondo, es lo verdaderamente fascinante: no celebramos solo el final del frío. Celebramos la continuidad de la memoria cultural. Porque mientras haya alguien que prepare un blini redondo como el sol y mire el fuego consumir la figura del invierno, el rito seguirá vivo.
