La tradición carnavalera más singular de Canarias tiene raíces pastoriles, origen incierto y un guardián que la salvó del olvido.

Cuando llega el carnaval al municipio de La Frontera, en la isla de El Hierro, algo cambia en el aire. Los vecinos más viejos de Tigaday —el núcleo urbano más poblado del municipio, con apenas algo más de cuatro mil habitantes en todo su término— lo saben bien: si escuchas el sonido de unos cencerros por las calles, más vale que corras. No es broma. No es tampoco un simple aviso folclórico. Es la advertencia que se transmite de generación en generación cada vez que los Carneros de Tigaday andan sueltos. Esta manifestación cultural, celebrada cada domingo y martes de Carnaval, constituye uno de los patrimonios inmateriales más singulares del archipiélago canario. En 2018, el Gobierno de Canarias la declaró Bien de Interés Cultural (BIC) en la categoría de Conocimiento y Actividades Tradicionales de Ámbito Local, reconociendo en ella, según palabras del entonces portavoz del Ejecutivo autonómico, Narvay Quintero, «una de las figuras más representativas del carnaval tradicional de las islas». El vestuario y la escenificación, añadió la resolución, constituyen además una prueba valiosa de la identidad cultural y ganadera del pueblo herreño.

Carneros de Tigaday acorralando a una persona (Foto- Web ElHierro.travel)

La escenificación: el rebaño que aterra

La descripción de los Carneros de Tigaday en plena actuación resulta difícil de encuadrar en ninguna categoría festiva convencional. No se trata de un desfile, ni de una comparsa al uso, ni de una performance artística planificada. Es algo más visceral y antiguo.

Un grupo de hombres jóvenes —en ocasiones puntuales también mujeres, aunque la participación femenina ha sido excepcional— se viste desde primeras horas de la tarde en la llamada Casa del Miedo, sede histórica de la tradición. Allí, ayudados por personas de confianza, comienzan el proceso de transformación: se cubren el cuerpo con zaleas —pieles curtidas de carnero u oveja— confeccionadas únicamente con cuero secado al sol, cortado para darle forma y atado con tiras del mismo material o cordeles. Sobre los hombros va un capote de piel adicional. Las piernas y brazos quedan expuestos y se untan con betún negro pastoso, que cumple una doble función: oculta la identidad del portador y servirá después para manchar a las víctimas. En la cabeza, un gorro de zalea montado sobre un casco de obra o un molde rígido, sobre el cual se coloca una cabeza seca de carnero real, con su cornamenta intacta. A la cintura, atados con correas de cuero, seis, ocho o más cencerros de gran tamaño —llamados «cascabeles» en el habla herreña— que producen un estruendo inconfundible con cada movimiento.

El resultado es una figura humanoide que ha perdido casi todo rasgo humano reconocible: piel de animal, cuernos, olor intenso a cuero curtido y un ruido ensordecedor. Cuando el rebaño —que en ediciones recientes ha llegado a superar los sesenta participantes— sale en estampida por la calle Tigaday, el efecto sobre el público es inmediato: pánico genuino mezclado con fascinación.

La dinámica de la celebración sigue un esquema reconocible. Los Carneros salen de la Casa del Miedo en carrera, suben por la avenida de San Salvador, alcanzan la Cruz Alta y bajan por la calle principal hacia la plaza del núcleo urbano, el escenario de mayor expectación. Allí persiguen, embisten, agarran y derriban a quienes encuentran a su paso, restregando el betún negro sobre rostros, ropa y cabellos. Los adolescentes suelen ser los primeros en plantarse a desafiarlos, jugando a ver quién se acerca más sin salir manchado. Los más pequeños se abrazan a sus padres. Los ancianos observan con una sonrisa que mezcla nostalgia y respeto: ellos también huyeron de jóvenes por esas mismas calles.

Carneros de Tigaday acorralando a una persona (Foto- Web ElHierro.travel)

Junto a los Carneros actúan personajes complementarios: el pastor, que en la tradición más antigua llevaba a cada carnero atado por la cintura con una soga larga, controlando cuánta libertad le concedía —lo que aumentaba la sensación de fiereza—, y «el loco», figura enmascarada que ejerce de pastor maligno. En décadas pasadas, el loco arrastraba un machete por el asfalto, provocando chispas y un sonido metálico que helaba la sangre; hoy suele llevar un bastón. La combinación de estos elementos —el rebaño desatado, el pastor que finge perder el control, el loco que genera caos— produce una escenografía de inquietud colectiva que no tiene parangón en el carnaval canario.

La fiesta no incorpora música. El único acompañamiento sonoro es el tintineo de los cencerros, los gritos de quienes huyen y las risas del público apostado en aceras y balcones. Cuando cae la noche, los Carneros aumentan en número y agresividad y realizan una estampida final en masa, después de la cual se retiran a su guarida mientras los más audaces del público los siguen hasta el último momento.

El traje: meses de preparación para horas de actuación

Preparar la indumentaria es un proceso que comienza meses antes del carnaval. Las zaleas deben obtenerse de ganado lanar sacrificado, curtirse con agua salada y extenderse al sol sin arrugas para que después no generen rozaduras. En verano, una zalea puede estar lista en una semana; en invierno, el proceso se alarga. Las cabezas de carnero requieren un tratamiento diferente: hay que extraerles la lengua y los sesos, y dejarlas secar a la intemperie durante al menos un mes.

La indumentaria completa, tal como la describen los propios participantes y los investigadores que han estudiado la tradición en profundidad, incluye: el camisón de zaleas que cubre del hombro a la rodilla (una piel por delante, otra por detrás, sin mangas), el capote sobre los hombros, las polainas de cuero que cubren piernas y pantorrillas, el gorro rígido forrado de zalea con la cabeza de carnero encima, y el cinturón de cencerros. Todo el cuerpo que queda al descubierto —piernas, brazos, manos, cara— recibe el betún. Antes de los años ochenta se usaba el tizne negro que dejaban los calderos de carbón; desde entonces, el betún es el material estándar.

El peso del conjunto puede superar los veinte o treinta kilos, y si las pieles se empapan de sudor durante las horas de actuación, el esfuerzo físico es considerable. Por eso se exige una condición física aceptable para participar, y la edad mínima está fijada en dieciocho años, una norma establecida precisamente para regular la creciente demanda de jóvenes que quieren vestirse. Los trajes se guardan después en baúles, unos sobre otros, para que conserven el característico olor a animal que forma parte consustancial de la experiencia.

Vestimenta de los Carneros de Tigaday (Imagen- Web de Museos de Tenerife)

Benito Padrón Gutiérrez: el hombre que salvó la tradición

La historia de los Carneros de Tigaday es, en buena medida, la historia de un hombre: Benito Padrón Gutiérrez (1914-2005), ganadero de Tigaday que durante décadas compró y sacrificó reses en el Valle del Golfo y que, al regresar de la Guerra Civil española, encontró que la tradición había desaparecido de las calles.

Los registros documentales sobre los Carneros son escasos. Los archivos del Cabildo de El Hierro se perdieron en un incendio en Valverde en el siglo pasado, de modo que no existe ningún documento oficial que mencione la tradición con anterioridad a los testimonios orales más recientes. Lo que sí se sabe, a través de la memoria colectiva recogida por investigadores como Ricardo Fajardo Hernández —doctor en Antropología por la Universidad de La Laguna, que ha documentado exhaustivamente esta tradición—, es que antes de la guerra civil los Carneros salían en Tigaday y en otros pueblos de El Hierro: Isora, Sabinosa, Belgara o El Pinar. Según el propio don Benito Padrón, los carneros que él conoció de niño no llevaban cabezas de carnero real sobre la suya, sino únicamente gorros de piel; la calavera con cuernos sería una adición posterior.

Con la guerra y las prohibiciones que siguieron al conflicto, la tradición cayó en el olvido. Los promotores más viejos fallecieron; los más jóvenes no encontraron las condiciones para mantenerla. Fue entonces cuando don Benito, al volver del frente, decidió que la deuda era suya. Con las zaleas que manejaba a diario por su oficio de ganadero, fabricó su propio traje, llamó a su ahijado Luciano Padrón Fleitas para que actuara como pastor y «pegó a correr» de nuevo los Carneros por Tigaday, él solo contra el olvido.

Durante años, don Benito y Luciano fueron los únicos Carneros de Tigaday. La actividad solitaria de esta pareja se prolongó durante décadas, hasta que poco a poco fueron sumándose vecinos. En los años sesenta y setenta incorporó a jóvenes del pueblo. Más tarde, cuando la participación decayó de nuevo en los ochenta y don Benito era ya mayor, organizó un nuevo relevo apoyándose en su hijo Ramón Padrón Cejas y en los miembros del Grupo Folclórico Tejeguate. Fue en los años noventa cuando la masa de jóvenes participantes empezó a crecer hasta los volúmenes actuales.

Don Benito Padrón ayudó a vestir a los carneros hasta los noventa años. En su honor, Tigaday tiene hoy una calle y una plaza con su nombre. La Casa del Miedo —su antigua propiedad donde se guardan y confeccionan los trajes desde al menos 1990— es hoy la sede de la Asociación Cultural Los Carneros de Tigaday.

Uno de los carneros con su presa (Foto- Web de RTVC)

Raíces profundas: entre el pastoreo, lo pagano y lo dionisíaco

El origen exacto de los Carneros de Tigaday es, y probablemente seguirá siendo, un misterio. No hay fecha documentada, no hay acta fundacional, no hay crónica que los mencione con precisión histórica. Lo que existe es un conjunto de hipótesis que apuntan en varias direcciones complementarias.

La más extendida remite a la cultura pastoril de El Hierro. La isla siempre fue tierra de ganados: en el siglo XVII se embarcaban desde sus puertos hasta cuatro mil cabezas de ganado al año. Las zaleas, los cencerros, las astas de pastor, las sogas y los cueros eran materiales cotidianos y abundantes. La figura del carnero —el líder del rebaño, símbolo de fecundidad en múltiples culturas— resultaba el disfraz más natural y accesible para quienes vivían en contacto permanente con el mundo animal. Los cuernos, en particular, son un símbolo de fertilidad profana presente en culturas de todo el mundo antiguo.

Desde una perspectiva comparada, los investigadores señalan paralelos en distintas tradiciones europeas y mediterráneas: los Peliqueiros gallegos de Ourense, los Mamotxorros de Alsasua en Navarra, los Zamarrones asturianos, los Trangas de Huesca o los Campaneiros maragatos. También en el norte de África existen representaciones similares, como los Bilmawen marroquíes. En Cerdeña y en el Cáucaso se documentan prácticas análogas. Esta dispersión geográfica sugiere que estas manifestaciones comparten un sustrato común que los investigadores vinculan a los ritos de fertilidad de las culturas clásicas grecorromanas, en los que el macho cabrío y el carnero tenían una presencia simbólica central. La Iglesia Católica heredó y resignificó esta iconografía al construir la figura del demonio cristiano sobre los rasgos del dios Pan griego —mitad hombre, mitad macho cabrío—, lo que explica por qué estas tradiciones carnestolendas tienen siempre una carga de transgresión y de reverso del orden establecido.

En Canarias, el carnaval nunca fue ajeno a esta dimensión simbólica. Los Diabletes de Teguise en Lanzarote, que en el siglo XVII vestían pieles de macho cabrío y caretas del mismo animal antes de sustituirlas por muselina pintada y caretas de toro, son el paralelo más cercano dentro del archipiélago. También se documentan figuras similares en La Palma (el Demonio de Miranda en Breña Alta, el Perro Maldito de La Galga, la Verbena del Diablo de Tijarafe), en Gran Canaria (el perro negro de Valsequillo), en Tenerife (el Baile de las Libreas del Palmar) y en otras localidades.

La influencia cultural galaico-portuguesa en El Hierro es un dato etnográfico relevante para entender cómo pudo llegar esta tradición a la isla. El apellido dominante entre los guardianes de la fiesta —Padrón— tiene una clara procedencia galaica. El propio topónimo del pueblo vecino de Belgara podría derivar del apellido Vergara, de origen navarro. No obstante, los investigadores reconocen que la isla también recibió colonos de todas las regiones de la Península Ibérica, y que la tradición pudo llegar desde cualquiera de ellas o incluso desarrollarse de forma autónoma sobre sustrato aborigen.

Uno de los aspectos menos conocidos de los Carneros de Tigaday es que, en sus orígenes, esta tradición no era exclusiva de Tigaday. Los testimonios orales recopilados por investigadores —entre ellos el etnógrafo Manuel Lorenzo Perera, que en 1998 publicó un estudio en la revista Tenique, y Ricardo Fajardo Hernández— dan cuenta de que en diferentes pueblos de El Hierro —Isora, El Pinar, Sabinosa, El Barrio— se celebraba lo que localmente se llamaba «correr el carnero o los carneros». En cada lugar con ligeras variantes: en El Pinar, el pastor llevaba una borracheta inflada con la que golpeaba a carneros y espectadores; en Sabinosa, salían combinados con máscaras de cochinos negros.

La paulatina desaparición de estos carneros locales a lo largo de los años veinte y treinta del siglo XX, acelerada por la guerra civil y las prohibiciones del régimen franquista, dejó, como ya hemos visto, a Tigaday como único custodio vivo de la tradición.

Uno de los Carneros con su presa (Foto-Web de Cope)

La tradición como identidad

Hoy los Carneros de Tigaday son, ante todo, una seña de identidad de La Frontera y de El Hierro. Cada edición convoca a cientos de personas: vecinos de toda la isla, turistas que repiten año tras año y visitantes que llegan expresamente desde otras islas o desde la Península. La calle Tigaday se cierra al tráfico para crear un espacio donde el riesgo de acabar embetunado es parte del contrato implícito entre los participantes y el público.

La tradición ha sobrevivido porque la comunidad la ha querido viva. No como pieza de museo, sino como rito activo, físico, algo incómodo y perfectamente desconcertante para quien lo ve por primera vez. El olor penetrante de las zaleas, el estruendo de los cencerros, el betún que mancha sin avisar: nada de eso puede reproducirse en una vitrina. En eso radica, quizás, la razón más profunda de su supervivencia. Los Carneros de Tigaday son una de las pocas tradiciones carnavaleras de Canarias en las que el cuerpo —el miedo, la carrera, el contacto físico— sigue siendo el eje central de la experiencia. Una herencia pastoril que viene de los tiempos en que los hombres de El Hierro olían a cuero y vivían de sus rebaños, y que cada carnaval vuelve a correr por las calles de Tigaday como si el tiempo, en este rincón del Atlántico, no hubiera pasado del todo.


Fuentes documentales consultadas:
Testimonio de Ricardo Fajardo Hernández (Suficiencia Investigadora en Antropología, ULL); declaraciones de Iván Padrón (presidente de la Asociación Los Carneros de Tigaday) y Herminio Barrera (vicepresidente); resolución de declaración de BIC del Gobierno de Canarias (2018); datos del Ayuntamiento de La Frontera; testimonios históricos de Benito Padrón Gutiérrez, Venancio Armas Lima, Felipe Armas y otros informantes recogidos en investigaciones de campo entre 1985 y 2019; estudios etnográficos de Manuel Lorenzo Perera (Revista Tenique, 1998); información del portal turístico elhierro.travel y del Gobierno de Canarias.

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