Hace unos días visité a exposición sin igual. Hay exposiciones que se visitan y otras que se viven. «Arte y Misericordia: El Barroco de la Santa Caridad de Sevilla en Madrid» pertenece a estas últimas. Gracias a una extraordinaria iniciativa del Ayuntamiento de Madrid, la Hermandad de la Santa Caridad de Sevilla y la colaboración de Afundación Obra Social ABANCA, el público tiene la oportunidad única de contemplar, por primera vez fuera de Sevilla, algunas de las obras más conmovedoras del Barroco español. Murillo, Juan de Valdés Leal y Pedro Roldán vuelven a dialogar con el espectador a través de un conjunto artístico que trasciende la belleza para invitarnos a reflexionar sobre la vida, la compasión y el inevitable paso del tiempo.

Crucé el umbral de la sala sin imaginar que unos segundos después iba a detenerme por completo. Lo primero que apareció ante mis ojos fue «Finis Gloriae Mundi», de Juan de Valdés Leal. Permanecí inmóvil. No era solo un cuadro; era una presencia que parecía imponerse al silencio del museo.

Durante unos instantes olvidé que me encontraba en una exposición. Sentí la misma impresión que debieron experimentar los hermanos de la Santa Caridad hace más de tres siglos cuando contemplaban esta obra en su emplazamiento original. La oscuridad, los cadáveres, la tenue luz de la cruz y la extraordinaria fuerza simbólica de la composición me produjeron una emoción difícil de describir.

Como antropóloga, no veía únicamente una obra maestra del Barroco. Veía una conversación entre el arte y la condición humana. Valdés Leal había conseguido algo extraordinario: obligar al espectador a enfrentarse a una verdad universal que todas las culturas han intentado comprender. Frente a aquel lienzo no pensé en la muerte, sino en la vida, en aquello que realmente permanece cuando desaparecen el poder, los títulos y las riquezas.

La obra que fotografié es «Finis Gloriae Mundi» (El fin de la gloria del mundo), pintada por Juan de Valdés Leal en 1672. Forma pareja con otro cuadro aún más famoso, «In ictu oculi» («En un abrir y cerrar de ojos»). Ambas fueron encargadas por Miguel Mañara para la Iglesia del Hospital de la Santa Caridad y constituyen una de las reflexiones más estremecedoras sobre la muerte de todo el Barroco europeo.

Permanecí varios minutos observando cada detalle. Comprendí entonces por qué esta pintura sigue conmoviendo casi trescientos cincuenta años después de haber sido creada. Hay obras que se contemplan; otras, sencillamente, se viven. Y esta pertenece, sin duda, a las segundas.

El autor de este impresionante lienzo, Juan de Valdés Leal (Sevilla, 1622–1690), uno de los grandes maestros del Barroco español. Su pintura se caracteriza por un estilo intenso, dramático y profundamente simbólico. Mientras Bartolomé Esteban Murillo mostraba una religiosidad serena y luminosa, Valdés Leal prefería conmover al espectador mediante imágenes impactantes que invitaran a reflexionar sobre la muerte y la fugacidad de la vida.

In ictu ocul.. Juan Valdés
Finis Gloriae Mundi. Juan Valdés

Lo más sorprendente es que este no es un cuadro sobre la muerte, sino sobre la igualdad absoluta. En el interior de una cripta aparecen dos cadáveres en distintos estados de descomposición: uno corresponde a un obispo y el otro a un caballero de la Orden de Calatrava. Valdés Leal nos recuerda que, cuando llega la muerte, desaparecen el poder, la riqueza y los títulos. Solo permanece aquello que cada persona hizo durante su vida.

Los detalles que casi nadie observa

Hay pequeños elementos que convierten esta pintura en un auténtico rompecabezas simbólico.

La balanza del Juicio. Sobre los cadáveres aparece una balanza sostenida por una mano invisible. En uno de los platillos figuran animales asociados tradicionalmente a los pecados, mientras que en el otro aparecen símbolos relacionados con la oración y la caridad. El mensaje es claro: la verdadera medida del ser humano no son sus riquezas, sino sus actos.

Los gusanos y los huesos. Valdés Leal no suaviza absolutamente nada. En pleno siglo XVII era habitual idealizar la muerte; aquí ocurre lo contrario. La descomposición aparece representada con un realismo casi anatómico, algo que escandalizó a muchos contemporáneos.

La cruz iluminada. Si observas la parte superior del cuadro, una tenue luz cae sobre una cruz casi escondida. No domina la escena; hay que buscarla. Es un recurso muy barroco: la esperanza existe, pero no eclipsa la crudeza de la realidad.

Las inscripciones latinas. El título Finis Gloriae Mundi significa literalmente «El fin de la gloria del mundo». Es una advertencia: todo aquello por lo que luchamos —prestigio, fama, riqueza o poder— termina inevitablemente en silencio.

Un cuadro pensado para impresionar

Lo verdaderamente fascinante es su ubicación original. Esta pintura y su compañera no fueron concebidas para un museo, sino para recibir a los hermanos de la Caridad cuando entraban en la iglesia.

Primero contemplaban «In ictu oculi», donde la Muerte apaga la vela de la vida «en un abrir y cerrar de ojos». Después se encontraban con «Finis Gloriae Mundi», que mostraba el destino final de todos los seres humanos. Solo entonces continuaban hacia las obras de misericordia pintadas por Bartolomé Esteban Murillo. Todo el recorrido era un programa visual cuidadosamente diseñado por Miguel Mañara para recordar que la fe debía traducirse en ayudar a los demás.

Una experiencia irrepetible

Desde una perspectiva antropológica, estos dos cuadros son mucho más que una pintura religiosa. son un poderoso recordatorio de una idea que todas las culturas han compartido de un modo u otro: la muerte no destruye únicamente el cuerpo; también pone a prueba el significado de la vida vivida. Por eso, más de tres siglos después, sigue incomodando, fascinando y obligando al espectador a hacerse la misma pregunta que inquietaba a los hombres del Barroco: ¿qué permanecerá de nosotros cuando desaparezca todo lo demás?

Su ubicación habitual sigue siendo la Iglesia del Hospital de la Santa Caridad de Sevilla, donde permanece desde hace más de tres siglos. Solo de forma excepcional abandona ese lugar para participar en exposiciones temporales, como la que has visitado.

Hay un detalle muy interesante: Valdés Leal recibió por estas dos pinturas alrededor de 5.740 reales, mientras que Murillo cobró una cantidad muy superior por el conjunto de sus lienzos para el mismo hospital. Sin embargo, hoy estas dos obras se consideran algunas de las imágenes más sobrecogedoras y originales de todo el Barroco español, precisamente por la fuerza psicológica y simbólica con la que representan el inevitable destino de todos los seres humanos.

Pocas veces el arte abandona el lugar para el que fue concebido. Por eso esta exposición constituye un acontecimiento irrepetible. «Arte y Misericordia: El Barroco de la Santa Caridad de Sevilla en Madrid», organizada por el Ayuntamiento de Madrid junto a la Hermandad de la Santa Caridad de Sevilla y con la colaboración de Afundación Obra Social ABANCA, reúne por primera vez fuera de la capital andaluza algunas de las obras más extraordinarias del Barroco español. Murillo, Juan de Valdés Leal y Pedro Roldán vuelven a encontrarse para recordarnos que el verdadero arte no solo emociona: también transforma la mirada de quien lo contempla.

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