Este año, la Sociedad Española de Antropología y Tradiciones Populares ha concedido su Premio Nacional de Tradiciones Populares a la Fiesta de El Ramo y las Móndidas de Sarnago, una celebración que conserva la memoria, la identidad y el profundo vínculo con la tierra de este pequeño pueblo de las Tierras Altas de Soria.
Una representación de nuestra Sociedad se desplazó hasta Sarnago para entregar el galardón y compartir, un año más, esta fiesta tan entrañable con sus antiguos vecinos, descendientes, socios y amigos. Volver a Sarnago siempre produce una emoción difícil de explicar. Allí se comprende que un pueblo no desaparece cuando se cierran sus casas o sus calles quedan en silencio. Desaparece cuando ya nadie lo recuerda. Y Sarnago, desde luego, tiene mucha gente empeñada en no olvidarlo.


Las Móndidas, con sus trajes blancos y sus características arquillas adornadas con flores, espigas, ramas y panes, protagonizan uno de los momentos más esperados de la celebración. Su presencia recorre el pueblo como una imagen llegada de otro tiempo, pero plenamente viva. No estamos ante una representación preparada únicamente para los visitantes, sino ante una tradición que continúa reuniendo a la comunidad y renovando el vínculo con sus raíces.

Junto a ellas se conserva El Ramo, una antigua costumbre relacionada con el cortejo, la juventud y el ciclo de la naturaleza. La tradición manda que el mozo introduzca el ramo por la ventana de la joven elegida. No basta con mostrarlo orgullosamente en la plaza: hay que hacerlo llegar hasta su casa con habilidad, decisión y ese punto de atrevimiento que siempre han tenido los rituales amorosos. El ramo se convierte así en algo más que un adorno. Es una declaración, una promesa y un gesto heredado de quienes celebraron la vida mucho antes que nosotros.


La fiesta actual reúne tres celebraciones que antiguamente marcaban el calendario de Sarnago: San Juan, cuando salían las Móndidas; El Mayo, asociado a la juventud y al renacimiento de la naturaleza, y San Bartolomé, patrón del pueblo. La unión de estas tradiciones en una misma jornada ha permitido conservarlas y transmitirlas a las nuevas generaciones. Cada año, Sarnago vuelve a llenarse de voces, música, encuentros y recuerdos. Sus calles recuperan por unos días el bullicio de otros tiempos y las piedras parecen dejar de ser ruinas para convertirse nuevamente en hogares.

En momentos como este se demuestra la verdadera fuerza de la unión. Aquel enorme árbol, que parecía imposible de subir sin la ayuda de un tractor, terminó avanzando gracias al esfuerzo coordinado de todos. Cada persona aportó sus manos, su energía y su voluntad hasta conseguirlo. Porque cuando un pueblo trabaja unido, lo que parecía inalcanzable deja de serlo. Aquel árbol no solo fue levantado por la fuerza física, sino también por el sentimiento de comunidad que mantiene vivo a Sarnago.







En esta enorme tarea resulta imprescindible reconocer la dedicación de su presidente, José María —José Mari— Carrascosa. Quien lo conoce sabe que habla de Sarnago con la pasión de quien no considera el pueblo un asunto del pasado, sino una responsabilidad presente. Su ímpetu, su entusiasmo y su capacidad para poner en marcha nuevos proyectos contagian a quienes lo rodean. Siempre parece estar pensando en la siguiente actividad, en el próximo edificio que recuperar o en una nueva manera de dar a conocer la historia de Sarnago.

José Mari no espera a que las cosas sucedan: trabaja para que sucedan. Lo hace con constancia, con una energía admirable y, a veces, con esa saludable cabezonería sin la cual muchos proyectos culturales jamás saldrían adelante. Su compromiso representa el espíritu de una asociación que ha sabido transformar la nostalgia en acción. Porque recordar un pueblo es importante, pero trabajar para devolverle la vida lo es todavía más.
La Asociación de Amigos de Sarnago demuestra que la despoblación rural no debe contemplarse únicamente desde la tristeza o la resignación. Frente a las casas abandonadas y las calles vacías, sus integrantes han respondido con proyectos, cultura y comunidad. Cada edificio recuperado, cada ejemplar de su revista, cada celebración y cada persona que regresa constituye una pequeña victoria frente al olvido.

Por todo ello, este premio no reconoce solamente la singularidad de El Ramo y las Móndidas. También quiere rendir homenaje al esfuerzo colectivo de quienes han protegido la fiesta cuando habría sido mucho más sencillo dejarla desaparecer. Las tradiciones no sobreviven solas. Necesitan manos que preparen las arquillas, personas que recuerden las canciones, jóvenes dispuestos a continuar los rituales y vecinos capaces de transmitir el significado de cada gesto.
La entrega del galardón fue, ante todo, un acto de gratitud hacia quienes regresan cada año, hacia quienes reconstruyen una casa, conservan una fotografía, recopilan una historia o enseñan a los más jóvenes por qué se celebra la fiesta. El patrimonio inmaterial no permanece vivo por casualidad ni se conserva únicamente en los archivos. Sobrevive cuando una comunidad decide practicarlo, compartirlo y defenderlo.



Sarnago es hoy un ejemplo de resistencia cultural. Allí, entre las antiguas casas y los edificios recuperados, se demuestra que la despoblación puede vaciar las calles, pero no tiene por qué borrar la memoria. Sus gentes llevan décadas trabajando para que el pueblo continúe teniendo presente y futuro. No esperan milagros: los provocan.
Desde la Sociedad Española de Antropología y Tradiciones Populares queremos agradecer profundamente la acogida recibida y felicitar a la Asociación de Amigos de Sarnago, a José Mari Carrascosa y a los vecinos de este gran pueblo que hacen posible esta celebración. Ha sido un privilegio acompañarlos y entregarles un reconocimiento tan merecido. La Fiesta de El Ramo y las Móndidas no solo conserva una tradición: mantiene vivo el corazón de todo un pueblo.

Fenomenal resumen de la fiesta. Gracias Mercedes