30 enero, 2023

Por Mary Carmen de Vicente Sacristán

Durante decenas de años ha habido ritos específicos que se realizaban en torno al día de difuntos; la mayoría han ido desapareciendo, aunque hay algunos tan arraigados que se mantienen a través de los años, como “el toque de ánimas”. Veamos algunas de estas costumbres.

Ese día las campanas de los pueblos repican con el toque de ánimas. Narra el genial Gustavo Doré en su obra L’Espagne, publicada en 1874, cómo se sorprendió al oír este tañido de campanas. Dice “Cuando a las ocho o nueve de la noche suena el toque de ánimas, las iglesias se llenan de fieles, los muros están teñidos de negro, los cirios arrojan su fulgor lúgubre y cada cual se arrodilla para rezar por sus parientes”; es la llamada misa de difuntos.

Doré fotografiado por Nadar en 1867

De todos es sabida la afluencia de personas a los cementerios en este día. Las floristerías se abastecen de ingentes cantidades de flores, sobre todo de aquellas especies más duraderas como crisantemos, lirios, claveles o gladiolos. En determinados puntos de las ciudades se instalan floridos puestos callejeros, para quien llega al cementerio con las manos vacías: siempre encontrará algún vendedor con gladiolos y margaritas.

Cuando viajamos por carretera, observamos -todavía al día de hoy- en algunos árboles pequeñas cruces y ramitos de flores, claro aviso de que allí hubo un accidente mortal. Pero en ocasiones, también en la base del tronco hay apiladas un montoncito de piedras; eso es debido a que los caminantes, al ver la ofrenda floral en recuerdo del fallecido, cogen una piedrecita y la depositan respetuosamente en su memoria. Si alguno de estos improvisados “altares” se encuentra cercano a alguna aldea o pueblo, el Día de Difuntos los vecinos, aunque no sepan quién fue el accidentado, llevan flores y depositan una piedrecita en su recuerdo. En algunos puntos se forman verdaderas pirámides más de medio metro de altura.

Extendida por toda nuestra geografía, hubo la costumbre de poner lamparillas de aceite en la Noche de Todos los Santos, una por cada familiar o amigo fallecido; una costumbre que se extendió hasta bien entrado el siglo XX. No importaba el nivel social o cultural, era una tradición que pasaba de padres a hijos. Ante una imagen sagrada, virgen o santo de su devoción, se disponía un bol con aceite en el que flotaban las mariposas; así se llaman estos pequeños discos de corcho sobre el que va pegado, otro de cartón, ambos atravesados por una mecha que se prende al anochecer. El cabeza de familia entonaba una plegaria, bendecía a los presentes y abandonaban la habitación.

Archivo de Mary Carmen de Vicente

Las lamparillas, normalmente, ardían hasta el amanecer, aunque todo dependía de la cantidad de aceite que hubiesen puesto.
En la actualidad estas mariposas se siguen vendiendo; en las cajitas siempre la imagen de algún santo. Muchas familias continúan haciendo este rito fúnebre en memoria de sus seres queridos, aunque muchas han sustituido esas lamparillas de aceite por velitas flotantes en bonitos recipientes de cristal.

Tras esta lúgubre ceremonia familiar, no todos se iban a dormir; había quien preparaba la cama con las mejores sábanas que tenía, pero… no se acostaba, la dejaba disponible para que su familiar, si venía a visitarla, tuviese un buen lugar para descansar.

Fuente: www.elguichidecarlos.com

En pueblos de Cataluña y Aragón hacían la ofrenda de “almitas”.           
Este recuerdo para sus difuntos consistía en hacer un pastel en forma de rosca, al que rociaban con miel y azúcar, y en el círculo central ponían una fina vela blanca enrollada; con esta torta en sus manos acudían a la misa de difuntos, durante la Eucaristía prendían la mecha, y una vez finalizada la ceremonia salían en orden de la iglesia y, precedidos por el párroco, se dirigían en procesión al cementerio cuidando de mantener la llama encendida. Cada familia dejaba la rosca sobre la sepultura y rezaban al unísono mientras iban tirando de la vela para que se fuese desenroscando; una vez consumida la cera, la llama prendía el azúcar, era el momento de compartir y comer el “almita”.

Y como es época de castañas, quiero tener un recuerdo para esos pueblos que cogían este fruto otoñal y lo guardaban. En la anoche de difuntos hacían en la plaza mayor un montón con todas las recolectadas y prendían una hoguera. Las castañas chisporroteaban, y algunas saltaban y salían del montón, lo que hacía las delicias de la chiquillería, que corría en su busca. Hay lugares en que se sigue haciendo y los más viejos del lugar dicen que la hoguera es para calentar a las almas que vienen a visitarles.

La lista es larga: la Noite dos Calacús, en Galicia; la Fiesta de Tosantos, en Cádiz; el Mangosto, en El Bierzo y otros lugares llenos de magia mucho más desconocidos. Y mientras en el norte y en el sur no prescindiremos de nuestros buñuelos ni de nuestros huesos de santo, otros dulces han hecho aparición… Los niños pidiendo caramelos la noche de Halloween.

Aunque en versión estadounidense, no deja de ser All Hallows Eve (Víspera de Todos los Santos); procede del Samhain celta, el momento del año en que los vivos y los espíritus se encontraban más cerca.

¡Diferentes tradiciones, un origen común!

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