20 mayo, 2024

En el año 2002 tuve la oportunidad de excavar un área de enterramiento en la ciudad de Lorca, a unos 60 km de Murcia hacia el SW. Fruto de la necesidad de realizar una intervención de urgencia ante la construcción de un futuro edificio – hoy consolidado en el casco histórico de la ciudad – planteamos una cuadrícula de 6 metros de largo por 4 de ancho con el objetivo de poder documentar los diferentes estratos arqueológicos de la zona.

Los resultados fueron muy llamativos porque este lugar estuvo ocupado por el hombre desde el siglo IV aC hasta el mismo siglo XXI. Pudimos documentar los restos de las viviendas de los siglos XX, XIX, XVIII, XVII, XVI, XV, XIV y XIII, en donde bajo este momento cronológico se excavó parte de un cementerio de época islámica en el siglo XII. Desde ese instante y hasta el siglo IV aC la zona no era otra cosa que lugar de enterramientos, pudiendo excavar una inhumación del siglo I aC, antes de llegar a la zona objeto de este artículo. Curioso fue, también poder demostrar que desde el siglo XII hasta el siglo I dC sólo había zonas de rambla en esta zona, abandonada y sin ocupación antrópica, como demostraron los niveles de piedras húmedas y cantos rodados localizados.

CEMENTERIO IBÉRICO

Pero el hallazgo por el que se recuerda aún esta excavación arqueológica de urgencia en la ciudad de Lorca fue el de la zona de enterramiento de época ibérica (siglo IV aC) en donde se pudo constatar, además, dos grandes zonas de trabajo:

  • Un lugar en donde se preparaban los cuerpos para ser cremados e incinerados
  • Un lugar donde eran enterrados en urnas de cerámica selladas al vacío

En mitad de la rambla, y con algunos intentos de proteger lo que allí se ubicó de las riadas de la naturaleza, se nos delimitó una segunda zona de enterramientos, pero en esta ocasión de época ibérica, junto con una inhumación, ambas de la misma época, es decir, de los siglos II–I aC.

Empezaremos por esta última que nos apareció con una cubierta realizada en adobe de unos 20 cm de grosor y una extensión de 1,60 m, en una fosa excavada directamente en la tierra, con el difunto ajustado a las limitaciones espaciales de la fosa, puesto que era más grande que la propia zona de enterramiento, con lo que presentaba las piernas recogidas en las costillas, y destrozado para poder enterrarse en este espacio.

Sepultura siglo I aC

El individuo enterrado estaba plenamente formado y presentaba un cráneo y un cuerpo de dimensiones considerables, entorno a 1,80 m, y pudimos rescatar toda la parte craneal, la columna vertebral, las extremidades superiores –en hombros, brazos, y manos– , los homÓplatos, las costillas y la caja torácica, pelvis, extremidades inferiores–tibia, peroné, tobillos, y pies– .

Lo curioso de este enterramiento es que parece se enmarca en el mismo espacio de necrópolis que la ibérica, pudiendo documentar en un mismo lugar los dos ritos de enterramiento: la inhumación y la incineración. La inhumación parece haber sido posterior a la incineración, puesto que observamos cómo la fosa se ajusta al poco espacio dejado por la necrópolis de incineración, aspecto que obliga a destrozar en cierta manera al difunto para ajustarlo al espacio libre.

En lo que respecta a la necrópolis de incineración de época ibérica y como antes hemos mencionado cabe destacar que se delimitaron 2 ambientes, que podríamos llamar zona A, y zona B, ambas separadas por grandes muros de adobe, que hace las funciones de dique para frenar o desviar las correntias de la rambla. Ambas zonas se nos introducen en los perfiles E y W del corte, por lo que hemos de pensar en que en un futuro se puedan documentar mayores aspectos relativos a este tema.

Zona A

Compuesta de dos fosas de incineración, de forma ovalada, con las paredes realizadas en adobe, una tierra de color verdoso mezclada con agua, y con piedras en la base de módulo mediano, en donde la incineración se realizó en un lugar distinto al que nos hemos encontrado, pero no muy alejado del mismo. Ambas fosas aparecen unidas por una de las paredes de los muros de cierre, y hallamos restos de incineración en la parte superior del muro de adobe que protege esta zona de enterramiento de la rambla de la C/ Álamo.

Los alzados de los muros de esta zona no superan los 40 cms de altura, y en el interior de las mismas encontramos bastantes fondos umbilicados de pateritas de cerámica común ibérica lisa, con acabado liso; se encuentran enterradas boca abajo y rotas, delimitando el área ocupada por la fosa de enterramiento (a modo ritual), estando rellenadas por una tierra muy húmeda, compacta, con piedras muy pequeñas, y con algunos restos de pateritas rituales, además de encontrar restos de una especie de argamasa blanquecina, y parte de huesos quemados y calcinados, muy fragmentados, y dispersos por toda la superficie de las dos fosas. Asimismo hemos de señalar que esta zona de enterramiento, unida con el área B, aparecen cortando los niveles de rambla, es decir, que la necrópolis se ubicó en una zona propicia a las riadas que lo destrozarían todo en épocas de fuertes lluvias, y esto mismo era conocido por los habitantes de la zona, que no deberían tener el ámbito urbano muy lejos de la misma, por lo que encima de los enterramientos, y de las fosas colocan grandes muros de adobe que impedían que la rambla hicieran grandes destrozos en el área de descanso de sus antepasados.

Zona B

Es la parte que más resultados nos ha dado de toda la excavación, pues conseguimos delimitar una gran área de enterramiento en la que se daba cabida a tres posibles incineraciones. El ritual, casi con toda seguridad es el siguiente: en primer lugar realizaban un preparado para llevar a cabo la propia incineración; acto seguido, procedían a la quema de los huesos, que no llegaban a ser calcinados, sino más bien inmolados, pues hemos encontrado los huesos quemados. A continuación, recogían los huesos y los guardaban en grandes urnas globulares de cerámica común ibérica lisa, en las que introducían algún presente relacionado con la persona que allí descansaba, o con el carácter de la misma (fusayolas, pendientes de cobre, o de oro, etc). Después de ello, o antes, realizaban actos rituales de livaciones a base de líquidos tales como leche, vino, agua, …, que colocaban en pequeñas urnitas acampanadas, selladas más tarde al vacío con pateritas de cerámica lisa, similares a las que colocaban boca abajo delimitando el área de enterramiento de la necrópolis. Las urnas globulares en donde descansaban los restos óseos de estas gentes se encontraban cerradas por platos de cerámica ibérica lisa, los cuales también se colocaban como ofrendas o para marcar la zona.

Junto a ella, y en la pared de la fosa de adobe nos apareció un pendiente de oro datado en los SS. II-I aC, y que se puede interpretar como ofrenda, así como una hebilla de cinturón de guerrero

Así pues, se nos delimitaron tres restos de incineraciones parciales, asociadas a tres urnas globulares de cerámica, y éstas, a su vez, asociadas a urnitas acampanadas

para livaciones. así como un pendiente de oro en la pared W del muro de la fosa del área de enterramiento. Respecto a las pateritas rituales que marcan la zona de enterramiento hemos de destacar que en la zona B se documentaron unos 10 ejemplares, siempre rotas y enterradas boca abajo.

Todo ello aparecía cubierto por un entramado de piedras más o menos medianas que tapaban toda la zona de la necrópolis, en forma de túmulo, a lo que se le unía un gran muro de adobe, que servía para la protección de toda el área.

En esta zona nos aparecen tres posibles enterramientos, asociados a incineraciones con una urna globular en donde se colocaban los huesos calcinados, y alguna ofrenda – como sucede en el caso de una de ellas, en la que apareció una fusayola de cerámica ibérica lisa, con dos orificios, uno en la parte superior y otro en la parte inferior; ésta nos da la pista para pensar en una niña o un enterramiento femenino También aparecen urnitas acampanadas para livaciones, tapadas con pequeña pateritas de cerámica ibérica.

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